La felicidad está en ser misionera en Africa
Nací en una familia donde siempre he escuchado hablar de los misioneros. Desde pequeña mi madre me daba las revistas misioneras y mientras ella hacía la comida, pedía que yo le leyera una historia de un misionero. Creo que fue así que he empezado a admirar a los misioneros.
Cuando tenia 14 años, ha llegado a mi parroquia un misionero que había sido rehén de las milicias angoleñas durante 2 años. Él fue acogido como un héroe. Pero no fue esto lo que más me impactó, lo que me ha marcado indeleblemente fue su mirada de bondad y su alegría. Al verle me he preguntado: ¿Cómo es que esta persona, habiendo sufrido tanto, puede estar feliz? ¿Qué tiene? ¿Qué le hace tener esa mirada de bondad? Estas preguntas han habitado mi corazón durante mucho tiempo y me han llevado a recorrer un camino de búsqueda de la felicidad. Yo tenía una sed muy grande de ser feliz. Pensaba, seguro que la felicidad está en ser misionera en África ayudando a las personas que tienen necesidad.
Al terminar el liceo, tuve la suerte de ir a Guinea-Bisáu y, estando ahí, me he dado cuenta que ser misionera no es solo ayudar a los demás. Debía haber algo más, un amor grande que hacía mover a los misioneros para que ellos amasen un pueblo y una cultura tan diferente de lo suyo. De regreso a casa hice una súplica a Dios: ¡Señor hazme encontrar el amor grande como el que tienen los misioneros! Y Dios ha escuchado mi oración.
Cuando estaba en la universidad, he conocido a la comunidad y a partir de ahí he empezado a hacer un camino de oración. Un día, estando en oración, le he escuchado: Yo sueño hacerte feliz y que tu hagas a muchos felices. Me he quedado tan sorprendida que no lo podía creer: ¡Jesús sueña conmigo y sueña lo mismo que yo! En ese momento he intuido que su corazón batía al mismo ritmo que el mío, que Él estaba íntimamente unido a mi vida, me conocía y me amaba. Esta experiencia fue tan fuerte que la querría compartir con todo el mundo. He madurando este deseo hasta el día que he decidido consagrar mi vida a Dios para llevar la Buena Nueva a los más pobres – aquellos que no lo conocen.
La llamada a Togo es compartir con los hermanos togoléses la riqueza del Evangelio, enseñarlos a hablar con Dios y ser un pequeño reflejo del Amor que ha bajado hasta ellos. A lo largo de estos 15 años, he sido testigo de la fuerza del amor, en el corazón de mis hermanos, en gestos concretos como: amar gratuitamente, perdonar sin reclamar, ver en el otro un hermano sediento del amor de Dios. He visto cómo el amor tiene fuerza para cambiar una vida y hacerla feliz.
Ser misionera es la aventura más bella que Dios podía haber soñado para mí. Estoy muy agradecida y quiero seguir entregándole mi vida en la esperanza que un día estaremos todos juntos delante de Él contemplándolo y alabándolo.
Fatima Pinho SEMD Togo



