Münster, Alemania
Cuando supe que la misión sería en Münster, me di cuenta de que iba a significar salir de mi zona de confort: hablar con personas desconocidas no es algo fácil para mí.
Nunca olvidaré la larga conversación con una mujer que nos invitó a entrar en su casa. Escuché su historia, intenté comprender su dolor. Ella nos agradeció tanto la visita que al día siguiente vino a una de nuestras misas con testimonios y cantos. Me dijo que había “recargado las pilas” y que volvía a sentir el deseo de acercarse a la Iglesia.
El primer paso fue recoger “Good News” – buenas noticias – en una escuela para jóvenes adultos y en un mercado. Escuchar respuestas como “mi hermana pequeña es mi buena noticia”, “he encontrado piso” o “llevo un año libre de drogas” me tocó profundamente. Esas frases sencillas abrían puertas a conversaciones honestas y llenas de humanidad.
También visitamos casas. A veces solo nos quedábamos en la puerta, dejando un saludo y un pequeño recuerdo de la misión. Pero incluso esos breves momentos transformaban los rostros: la gente sonreía, y yo sentía que, de algún modo, les habíamos alegrado el día.
Nunca olvidaré la larga conversación con una mujer que nos invitó a entrar en su casa. Escuché su historia, intenté comprender su dolor. Ella nos agradeció tanto la visita que al día siguiente vino a una de nuestras misas con testimonios y cantos. Me dijo que había “recargado las pilas” y que volvía a sentir el deseo de acercarse a la Iglesia.
Para mí, el cambio fue claro: pasé de temer el contacto con desconocidos a descubrir la riqueza que hay en cada encuentro. Aprendí que, yendo de dos en dos, como Jesús envió a sus discípulos, uno recibe y da mucho más.
Iluminemos nuestro tiempo no fue solo un lema: fue la experiencia de ver cómo la luz de Dios pasa de una persona a otra… y también a mí. El año que viene volveré.
Cristina, de Munster, Alemania




